En los últimos tiempos ha salido a la luz el caso de un estudiante universitario autista que, tras un periodo de intensa presión académica, tomó una decisión irreversible. No escribo estas líneas para señalar a personas concretas ni para juzgar situaciones de las que no conocemos todas las versiones, sino para abrir una reflexión profunda y urgente: ¿cómo estamos acompañando, como sociedad y como sistema educativo, a quienes no encajan en la norma dominante?
La presión no se vive igual para todos
La universidad suele presentarse como un espacio de crecimiento, pensamiento crítico y excelencia. Sin embargo, para muchas personas autistas, ese mismo entorno puede convertirse en una fuente constante de ansiedad, bloqueo y sufrimiento.
No por falta de capacidad intelectual.
No por falta de esfuerzo.
No por falta de motivación.
Sino porque su sistema nervioso procesa la exigencia, la incertidumbre, la crítica y la presión de forma distinta a la de una persona neurotípica. Plazos inflexibles, instrucciones ambiguas, evaluaciones basadas en la resistencia al estrés o estilos de comunicación muy duros pueden generar crisis de ansiedad, colapsos emocionales y una sensación constante de amenaza.
La dureza como modelo educativo: una mirada desde dentro
Durante mis dos años como docente universitaria pude comprobar algo evidente: no todos los profesores enseñan igual. Hay docentes más flexibles, otros más rígidos, algunos con una gran sensibilidad pedagógica y otros convencidos de que la presión extrema es una forma eficaz de enseñar.
Durante décadas se ha sostenido la idea de que endurecer, tensar y exigir sin contemplar el contexto del alumnado “forma carácter”. Hoy sabemos que este modelo no siempre mejora el aprendizaje y, en muchos casos, daña seriamente la salud mental, especialmente en estudiantes neurodivergentes.
La excelencia académica no debería medirse por cuánto soporta un alumno, sino por cuánto aprende y cuánto puede desarrollar su potencial.
Cuando el lenguaje también puede excluir
En redes sociales ha circulado el testimonio de una madre que describe situaciones de trato y comunicación que, según su percepción, resultaron profundamente dolorosas para su hijo autista. Se trata de un relato personal, del cual no se conocen todas las versiones implicadas, pero que invita a una reflexión necesaria sobre el uso del lenguaje en contextos educativos.
Lo relevante es comprender el impacto que pueden tener ciertas palabras, actitudes o comentarios cuando provienen de figuras de autoridad. El lenguaje que etiqueta, ridiculiza o invalida, sea intencionado o no, puede generar aislamiento, sufrimiento emocional y rechazo por parte del entorno.
En educación, las palabras nunca son neutras. Cuando un adulto con poder utiliza expresiones deshumanizantes o descalificadoras, el mensaje implícito que recibe el grupo es que la exclusión está permitida.
Hablar de respeto no es acusar ni juzgar; es recordar que ningún proceso educativo debería sostenerse sobre la humillación o la desvalorización personal.
No es solo autismo: es un patrón social
Este tipo de dinámicas no se viven únicamente en el autismo. A lo largo de la historia, el mismo patrón se ha repetido con personas con orientaciones sexuales diversas , con minorías raciales, con personas migrantes, con quienes no encajan en la norma social establecida en cada momento.
El mecanismo suele ser similar:
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Una figura con poder descalifica o ridiculiza
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El entorno normaliza la exclusión
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La persona señalada queda aislada y vulnerable
Cuando el lenguaje reduce a alguien a “inferior”, “problemático” o “inadecuado”, deja de ser educativo y se convierte en una forma de violencia social.
Ajustes razonables no son privilegios
Comprender a un alumno autista no significa bajar el nivel académico. Significa ofrecer ajustes razonables:
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Instrucciones claras
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Expectativas explícitas
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Tiempos realistas
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Comunicación respetuosa
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Entornos donde la ansiedad no sea castigada
La inclusión no va de privilegios, va de derechos básicos: dignidad, respeto y seguridad emocional.
El potencial que se pierde
Muchos adultos autistas, cuando trabajan en entornos comprensivos, estructurados y respetuosos, aportan enormes beneficios a la sociedad: pensamiento profundo, rigor, creatividad, honestidad, compromiso y talento especializado.
Cada estudiante que se siente incomprendido, humillado o expulsado emocionalmente del sistema educativo es una oportunidad perdida para todos.
Una reflexión final
No se trata de señalar culpables, sino de aprender como sociedad.
No se trata de ser más blandos, sino de ser más conscientes.
Una sociedad madura no se define por cómo trata a quienes se adaptan fácilmente, sino por cómo cuida a quienes son más vulnerables al rechazo.
La universidad y cualquier espacio educativo debería ser un lugar de conocimiento, no de supervivencia.
Fiorella Canessa Ruiz
Logopeda · Atención Temprana
Creadora de Fiore Logopedia
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