La falsa inclusión: una reflexión desde el corazón y la experiencia

Hablar de inclusión es fácil. Vivirla, acompañarla y sostenerla día a día… no tanto.
Desde mi experiencia como logopeda, he visto cómo muchos colegios hacen todo lo posible para integrar a niños con autismo, pero se encuentran con límites estructurales y humanos que los desbordan. No se trata de falta de ganas. Se trata de falta de recursos, de apoyos, de tiempo y de manos.

En algunos centros, una sola educadora debe atender a varios niños con TEA de distintos grados, en diferentes aulas. Y aunque las docentes quieren hacerlo bien, se enfrentan a una realidad: no se puede atender a todos como cada uno necesita. Los niños más severos requieren vigilancia constante, anticipación, apoyos visuales y un entorno altamente estructurado. Y sin esto, es difícil que realmente participen o aprendan.

Por eso es importante recordar que la inclusión no es solo estar en el aula, sino poder aprender, disfrutar y sentirse parte del grupo. Si un niño pasa el día levantándose, sin atención sostenida, sin comprender las rutinas o sin recibir apoyo específico, no está siendo incluido de verdad, aunque físicamente esté dentro.

Qué podemos hacer desde la escuela

Aunque las limitaciones existen, sí hay estrategias que pueden marcar la diferencia:

  • Adaptar los materiales al interés del niño: si un niño adora la arena, puede aprender números o letras escribiéndolos ahí. Si le atraen las ruedas o los objetos que giran, podemos usarlos para enseñar conceptos como “rápido/lento” o “grande/pequeño”.

  • Usar apoyos visuales claros y simples: imágenes con fondo neutro, pictogramas reales y rutinas visuales ayudan a anticipar y organizar su día.

  • Reducir estímulos innecesarios: algunos niños necesitan menos ruido, menos movimiento y más estructura para poder concentrarse.

  • Ofrecer opciones dentro de una rutina establecida: elegir entre dos juegos, dos colores o dos actividades les da sensación de control y reduce la frustración.

  • Celebrar cada pequeño avance: quedarse sentado un minuto más, mirar a los ojos, esperar su turno… son progresos enormes.

  • Acompañar al equipo docente: la colaboración entre logopeda, tutora y familia es fundamental. No se trata de que el profesor sepa hacerlo todo, sino de que se sienta acompañado.

Y cuando la inclusión no alcanza…

También debemos permitirnos reflexionar sin culpa:
si un niño pasa sus días apartado, sin apoyo ni aprendizaje real, quizá necesite otro entorno donde se le entienda mejor.
Un centro de educación especial no significa menos oportunidades; significa más atención personalizada, más comprensión y más recursos adaptados a su nivel de desarrollo. Allí los profesionales saben cómo acompañarlo, cómo estimularlo, cómo celebrar sus logros y sostener sus frustraciones.

A veces los padres sienten miedo o tristeza ante esta idea. Pero elegir el lugar donde un hijo se sienta comprendido, seguro y feliz es un acto de amor profundo, no de resignación.

Para terminar…

La verdadera inclusión no siempre ocurre en el aula ordinaria, sino en el corazón de quienes acompañan con empatía, sin forzar, sin comparar y sin rendirse.
Cada niño tiene su propio ritmo, su forma de mirar el mundo y de aprender.
Y cuando logramos respetarlo y acompañarlo desde ahí, eso sí es inclusión real.

Escrito por Fiorella Canessa Ruiz, Logopeda especializada en atención temprana y comunicación infantil.
📍 Encuentra materiales y recursos para profesionales en:
👉 Fiore Logopedia

Comentarios