Hay conversaciones que te hacen reflexionar profundamente sobre tu profesión.
No por lo que aportan… sino por lo que revelan.
Hace poco, en un contexto de coordinación profesional, tuve que compartir información sobre la intervención de un caso de trastorno de los sonidos del habla.
Expliqué de forma general el trabajo que se venía realizando:
-
intervención en diferentes sonidos del habla
-
trabajo de discriminación y producción
-
y, especialmente, el proceso de generalización al lenguaje espontáneo
También comenté algo fundamental en este tipo de casos:
La necesidad de trabajar la base sensoriomotora, incluyendo aspectos como la propiocepción intraoral, ya que influye directamente en la colocación y precisión de los movimientos articulatorios.
Hasta aquí, todo dentro de una práctica habitual.
Pero la respuesta que recibí fue otra.
“Yo no trabajo así. Yo juego.”
La reacción fue de sorpresa, seguida de una frase que me hizo reflexionar:
“A mí me enseñaron a trabajar de esa forma… pero yo no trabajo así. Yo juego, sin que el niño se dé cuenta.”
Más tarde, incluso se añadió un comentario con tono irónico:
“Ah, entonces tendrás un don especial.”
Y aquí es donde surge una pregunta importante.
El problema no es jugar
Porque sí, jugamos.
En logopedia, el juego es una herramienta fundamental.
Trabajamos con:
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juegos de turnos
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materiales adaptados
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dinámicas motivadoras
-
sistemas de refuerzo
Y muchas veces el niño no percibe que está en una intervención estructurada.
Pero hay una diferencia clave:
👉 No jugamos por jugar
👉 Jugamos con un objetivo terapéutico claro
La diferencia entre intervenir y entretener
Trabajar “sin que el niño se dé cuenta” puede parecer una idea atractiva.
Pero hay algo que no se puede perder:
👉 El niño puede no ser consciente del objetivo
👉 Pero el profesional debe tenerlo completamente claro
Porque cuando faltan:
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objetivos definidos
-
planificación
-
ajuste a las necesidades reales
lo que queda no es intervención.
Es actividad.
¿Se puede trabajar el habla sin trabajar el habla?
Un niño con dificultades en los sonidos del habla necesita:
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repetición con sentido
-
retroalimentación
Todo esto puede hacerse jugando.
Pero el juego no sustituye el trabajo.
👉 “No es jugar o trabajar. Es saber trabajar dentro del juego.”
Más allá del enfoque: la profesionalidad
Más allá de las diferencias de enfoque, hubo algo que me preocupó especialmente:
La forma.
Entre profesionales, hay pilares que no deberían perderse:
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el respeto
-
la escucha
-
la empatía
Los comentarios irónicos o descalificadores no construyen.
No aportan al proceso.
Y no benefician al niño.
Lo que a veces hay detrás
Cuando dos profesionales trabajan de forma distinta, pueden aparecer:
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inseguridades
-
comparaciones
-
necesidad de justificar la propia práctica
Es humano.
Pero también es responsabilidad profesional saber gestionarlo.
Porque esto no va de quién lo hace mejor.
Va de algo mucho más importante:
👉 hacer lo mejor posible para el niño
La importancia del trabajo coordinado
Cuando un caso pasa de un profesional a otro, debería existir:
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continuidad
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coherencia
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respeto por el trabajo previo
No se trata de hacer lo mismo.
Se trata de comprender:
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qué se ha trabajado
-
por qué
-
y hacia dónde se dirige la intervención
Romper esa línea afecta directamente al proceso terapéutico.
La logopedia no es aburrida
La logopedia no es repetir sin sentido.
La logopedia no es “machacar”.
Pero tampoco es solo jugar.
Es una disciplina que integra:
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conocimiento técnico
-
planificación
-
vínculo
Reflexión final
No todo lo que parece más lúdico es más eficaz.
Y no todo lo que implica práctica estructurada es negativo.
La clave está en el equilibrio… y en el criterio profesional.
Porque al final, la pregunta importante no es si el niño “se da cuenta”.
Es:
👉 ¿Está avanzando?
💥 PARA RECORDAR
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“El niño no necesita darse cuenta. El profesional sí.”
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“Jugar no sustituye saber qué estás trabajando.”
-
“Si una sesión de logopedia es aburrida… el problema no es del enfoque, sino de cómo se aplica.”
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